Hace un rato estaba muy enfadada con la vida, el universo, el trabajo y todo lo demás. El pataleo es muy típico en el trabajo (y no es nada original, lo asumo), pero es que hoy mi cupo máximo de aguante ante incompetencias ajenas se ha visto no sólo rebasado, sino duplicado. De hecho, no he sido la única en acabar echando humo por las orejas. Creo que hoy hemos sido muchos los que hemos visto rebasados en la oficina nuestros niveles de tolerancia.

Soy consciente de que en el trabajo, como en cualquier otro aspecto de la vida, hay días buenos, días malos y días peores. Lo cual no quita para que los días peores tengas ganas de matar, desgarrar y aullar simultáneamente. Como hoy.

Sin embargo, he visto algo por la ventana que ha captado mi atención: una bandada de alrededor de 50 cigüeñas sobrevolando el parque científico (parece que este año sí se cumple el periodo normal de migración de cigüeñas). Algunas, incluso, planeando en círculos sobre nuestro edificio y el de al lado. ¿Estarán pensando en anidar sobre nuestro tejado? Espero que no, porque sabiendo cómo de mal está construido el edificio, y lo que puede llegar a pesar un nido de cigüeña (entre 80 y 600 kilos es lo normal), lo mismo se nos viene la cubierta abajo.

Me he imaginado lo que se vería desde allí arriba, cual doctor sobre montura épica, y se me ha pasado el cabreo. Bueno. Se me ha pasado un poco. Ya no estoy furiosa, sino sólo terriblemente irritada. Pero algo es algo.